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La memoria se desvanece al igual que los lugares que otrora habían sido los tuyos
Hoy he paseado por Barcelona. Tenía que recoger algo en una tienda y me pareció que podía dejar por unos minutos la moto de la que no me separo nunca e ir andando hasta mi destino. Caminé por la Gran Via, atravesé la plaza Tetuán, donde aprendí a patinar cuando tenía siete años, y me detuve en la calle Lepanto, mi destino final. Durante el trayecto me entró un ataque de nostalgia –qué mala es la nostalgia– y empecé a caminar por el que había sido el barrio de mi niñez y mi adolescencia. Intenté encontrar viejos lugares por los que había correteado en aquellos tiempos y me esforcé en reconocer algunos comercios de aquellos días: la droguería a la que mi madre me mandaba a comprar, la bodega donde los domingos nos vendían lo que para nosotros era champán semiseco. Nada. Ya no existía ninguno de aquellos comercios. Solo quedaban tres lugares reconocibles: El bar El Chato, al que en días de grandes celebraciones le encargábamos merluza al pil-pil; una tienda de ropa llamada Mont-Doré, donde mi madre se compraba algunas cosillas y las Escuelas Francesas, donde estudié un par de años y aprendí el francés que ahora sé. De todo lo demás, ni rastro, eso sí, muchos colmados abiertos 24 horas, de esos que han proliferado y en los que casi nunca se ve a nadie, ni siquiera de madrugada. He oído que el ayuntamiento se ha propuesto investigar qué hay detrás de esos negocios. Algo raro sí que me parece que, en una ciudad donde a las nueve de la noche no hay casi nadie en la calle, esté trufada de tiendas 24 horas en las que no entra casi nadie.
Después de mi corto paseo me he dado cuenta de que la memoria se desvanece al igual que los lugares que otrora habían sido los tuyos. Es probable que dentro de unos cuantos años, en los actuales locales de 24 horas, se habrán instalado otras cosas y solo algún nostálgico, como yo, se acuerde que allí habían existido.