Dos ciudades, dos maneras de ser

Carles Sans - El Periodico - Dos ciudades, dos maneras de ser

Ya hace un tiempo que en Barcelona corre una letanía recurrente de que Madrid ha avanzado a Barcelona en muchísimos aspectos, cuando antes era Barcelona la que destacaba. El covid, el ‘procés’, la crisis económica, una alcaldía muy polémica de Ada Colau y una forma de concebir el día a día muy distinta de madrileños y barceloneses, han hecho que una ciudad y otra se hayan polarizado, y cada una haya caminado a ritmo diferente. Si bien en los años ochenta y parte de los noventa Barcelona era la ciudad más envidiada por su modernidad, su diseño y su vitalidad, motivos sociales y políticos hicieron que la Ciudad Condal se fuese apagando en favor de una Madrid chispeante, bulliciosa y con un espíritu liberal que Barcelona no posee.

Sin embargo, aún reconociendo los espectaculares avances de Madrid, estoy convencido de que Barcelona, poco a poco, está volviendo a recuperar algunas cualidades perdidas.

En Madrid la vida callejera es impresionante, tanto que llega a ser incómoda. Si bien es muy bueno que haya bullicio en bares y restaurantes, en comercios y locales, transitar por el centro de Madrid es agobiante. Embotellamientos en la calzada y un ir y venir de personas que hormiguean a todas horas de arriba abajo, hacen de Madrid la capital del ‘tardeo’. En la capital se llenan todos los días sus restaurantes, cuya decoración, especialmente en el centro, se encuentra a la altura de las grandes capitales europeas. Los teatros de la Gran Vía, a diferencia de los nuestros, exponen sus fachadas con enormes pantallas de led, en Barcelona prohibidas las de gran tamaño, que anuncian musicales y espectáculos de todo tipo. En Madrid cada día hay un estreno, varias presentaciones, conferencias, fiestas y desfiles a los que acuden las caras de famosos de mayor o menor mérito. Y es que en esa ciudad parece que todo vaya bien, mientras en Barcelona, aun y habiendo muchas actividades, parece que no pase nada.

Los catalanes, como dijo Rajoy, hacemos cosas y nos saludamos a la catalana, o sea con moderación y distancia, reservando los afectos para momentos muy contados; en Madrid, en cambio, se encuentran y se abrazan con sonoras palmadas en la espalda. Somos distintos y eso se refleja en dos modelos diferentes, ni mejores ni peores, uno es más de ‘brilli-brilli’ y el nuestro más discreto y apagado.