Alguien dijo una vez que nadie envejece peor que aquellos que han sido guapos, y la ciudad ha envejecido, a pesar de algunas intervenciones para mejorarla
La Guardia Urbana de Barcelona inicia campaña contra grafitis no autorizados
Todavía resuena en mi cabeza aquella excelente campaña iniciada en 1986 de “Barcelona posa’t guapa”, de los tiempos en que Pasqual Maragall era el flamante alcalde de Barcelona, y que arrancó después de que Barcelona fuese elegida sede de los Juegos Olímpicos del 1992. Qué tiempos aquellos de una Barcelona, todavía gris, que daba la espalda al mar y con barrios deprimidos que luego se recuperarían, de forma más o menos brillante, para la ciudad.
Han pasado muchos años de todo aquello y el barcelonés sigue viviendo de las iniciativas de aquella ciudad que se puso en el mundo gracias a las ganas de recuperar el brillo perdido en los años grises de la dictadura. A partir de entonces, aquella ciudad eminentemente textil dio paso a una volcada al turismo, cuyas dos terceras partes, ahora, vive del sector servicios. Ha llovido mucho y han pasado varios gobiernos municipales, algunos con mayor fortuna que otros, hasta llegar a Jaume Collboni.
Sin duda ha de ser un gran honor ser el alcalde de una ciudad tan admirada en todo el mundo, pero también conlleva una enorme responsabilidad. Barcelona se puso guapa hace muchos años y los años han ido pasando, y alguien dijo una vez que nadie envejece peor que aquellos que han sido guapos, y Barcelona ha envejecido, a pesar de algunas intervenciones para mejorarla. Hace un tiempo, una amiga extranjera que pasa de vez en cuando por la ciudad, me dijo que Barcelona, de noche, le parecía muy fea. Y le parecía fea porque todas las persianas de todos los locales comerciales que de noche están bajadas exhibían unos horribles grafitis que embrutecían la ciudad. Ahora ha salido la noticia de que el Ayuntamiento empleará 16 millones de euros para actuar sobre esos garabatos de mal gusto para mejorar nuestras calles. Pero las persianas, no, las persianas son de propiedad privada y le corresponde a cada propietario borrar la pintura, además sin garantía de que a las pocas horas vuelvan a ser pintarrajadas.
De haber solución solo pasa, desde mi punto de vista, por endurecer, y mucho, las sanciones a quienes ensucian la ciudad. Sin ellos viviríamos mejor y Barcelona sería más guapa.