Comida insana en el hospital

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A nuestros magníficos hospitales les queda una asignatura por aprobar, la que alimenta de forma responsable y segura

Cada vez es más sabida la importancia de la correcta alimentación para la salud de las personas. En tiempos de nuestros abuelos, comer en abundancia era una condición ‘sine qua non’ para sentirse saludable. Los tiempos han cambiado y la cantidad ha dado paso a la calidad: hoy en día estar bien alimentado se entiende como alimentarse de comidas equilibradas, exentas de grasas saturadas, de excesivo carbohidrato y con escasos azúcares refinados. Nadie espera de un buen nutricionista que recomiende alimentos que contribuyan a la posibilidad de tener diabetes o sobrepeso. Sabemos ya que el azúcar refinado puede causar problemas de salud, como cierto tipo de cánceres o incluso problemas cardiovasculares.

Hace unos meses pasé por la experiencia de tener que ingresar en un hospital. Uno da por entendido que al hospitalizarse pasa a estar en el mejor de los lugares para curarse, sentirse seguro y en buenas manos. El trato que tuve por parte del personal sanitario fue excelente; en esas circunstancias ellos se transforman en aquellas personas en quien encomiendas tu integridad personal. Sin embargo, me sorprendió una cosa, y no precisamente en positivo, la insalubre alimentación que nos daban cada día a los enfermos. Conste que no hablo de buen o mal sabor, no entro en si las cosas sabían mejor o peor, hablo de lo insano de muchas de las comidas que daban. Especialmente los desayunos y las meriendas. Por la mañana, las auxiliares repartían con alegría bandejas que contenían mermeladas, bollos de fabricación industrial, mantequilla, yogures de sabores, pan de harina blanca o también cruasán estilo mazacote de trigo. Por la tarde, con la merienda, un zumo de fruta, de esos bien azucarados. ¿Cómo un dietista de un hospital, si es que los hay, puede llegar a recomendar que los enfermos se coman todas esas porquerías? Es inconcebible. Una enfermera me llegó a confesar que dicho desayuno se lo daban igualmente a los pacientes oncológicos.

Todos sabemos que las sociedades, cuanto más prósperas, mejor comen. Al parecer, mientras los ciudadanos vamos adquiriendo conciencia de ello, a nuestros magníficos hospitales les queda una asignatura por aprobar, la que alimenta de forma responsable y segura.