Leo que han surgido empresas que se encargan de vender todo lo que queda de una casa que hay que vaciar. Me parece práctico y al mismo tiempo triste
Aunque se optimicen las perspectivas de futuro, cuando uno va cumpliendo años le sobrevienen pensamientos que en otro momento de la vida no ha tenido. A raíz del fallecimiento de mis padres, ya hace unos cuantos años, me di cuenta que la mayoría de las cosas materiales que quedan en la casa de quienes fallecen son un fastidio para quienes han de encargarse de ellas. Cuadros, libros, figuras, recuerdos, fotografías, papeles de diversa inutilidad, ropa personal, vajillas y cuberterías y un sinfín de cosas más que para el difunto tanto representaban y que para quienes lo heredan no tienen más valor que el puramente emocional, por haber pertenecido a un ser querido. Por desgracia he vivido alguna situación así en más de una ocasión.
Tuve tres tías adorables que nunca se casaron y murieron sin descendencia; nos dejaron en herencia algunos enseres que ellas guardaban con enorme cariño para cuando, decían, no estuvieran. “Cuando nosotras no estemos este cuadro será para vosotros, o esta cama isabelina o este mueble…». Lo decían con el énfasis de estar hablando de algo verdaderamente valioso, y lo era, pero sentimentalmente hablando; luego llega la dosis de realidad que te dice que ni puedes quedarte lo que te dejan o que a quienes pueda interesarles, no te dan ni un céntimo por ello. Mi madre siempre hablaba de un cuadro que había estado toda la vida colgado en la pared del comedor. “Es de un pintor inglés buenísimo”, decía. Cuando ella faltó, lo descolgamos para que un experto lo tasara, resulto ser de un pintor inglés, tal como nos había advertido, cuyo hermano, con el mismo apellido, era el realmente cotizado, el que teníamos en las manos era una pintura del hermano, digamos, malo.
Ahora leo que han surgido empresas que se encargan de vender todo lo que queda de una casa que hay que vaciar. Me parece práctico y al mismo tiempo triste, por ver cómo todo aquello que ha pertenecido a otras vidas acaba un día malvendiéndose a desconocidos o directamente tirados en un contenedor de escombros. Sin duda, toda una metáfora de lo que es nuestro paso por este mundo.