Buscando la perfección

Carles Sans Tricicle - El Periodico - Volver al campo de batalla

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Querer hacer las cosas lo mejor posible está bien, pero cada uno tiene sus límites y nadie debería exigirse por encima de los suyos

Hace unos días nos reuníamos un grupo reducido de amigos para hacer lo que suelen hacer los amigos cuando se ven en grupo: reír si es posible, comer y contarnos algunas cosas, que la mayoría de las veces suelen ser premeditadamente intrascendentes. Lo que ocurre es que, de vez en cuando, la amistad también permite que dejemos caer algunas inquietudes, supongo que con la leve esperanza de hallar comprensión y consuelo en la opinión de los otros.

Nos contaba un padre preocupado que su hijo se angustiaba en el instituto porque, al parecer, sentía temor ante el fracaso de no hacer las tareas suficientemente bien. El afán de perfeccionismo le atenazaba y el fracaso público le había sometido a un creciente estrés.

La mayoría de los que escuchaban a aquel amigo angustiado por su hijo veían en la actitud del chico una cualidad más que un defecto; es decir, el afán por hacer las cosas perfectas le atribuía la condición de un muchacho responsable que no se conforma con hacer las cosas bien, sino que las quiere hacer perfectas, y eso, que en la sociedad actual nos parece una cualidad, a mí me parece un error. Estimular la búsqueda de la perfección como única posibilidad de éxito es discutible. Somos imperfectos y el mero hecho de serlo confirma que somos miembros de la raza humana. A nadie le gusta admitir sus limitaciones, pero hay personas que no soportan la imperfección, hacerlo les produce una ansiedad que se multiplica con el paso del tiempo si no se pone remedio. Las cosas pueden estar bien hechas aunque no sean perfectas. Querer hacer las cosas lo mejor posible está bien, en parte porque públicamente necesitamos ser aceptados y válidos, pero cada uno tiene sus límites y nadie debería exigirse por encima de los suyos.

Cuando sentimos que no estamos a la altura que nosotros nos imponemos, entonces nos culpabilizamos, denigrándonos interiormente, porque nos descalificamos, causándonos la baja autoestima y el conflicto interno.

Le aconsejé a mi amigo que le expusiera que la perfección no es necesaria, muy al contrario de lo que opinaban algunos de los allí presentes, que le sugerían persistir en alcanzar la perfección, porque de ese modo acabaría consiguiéndola.

Y yo pensé: tal vez sí, pero ¿a qué precio?